jueves, 12 de octubre de 2017

Ha pasado por debajo de la puerta


   Os lo voy a contar antes de que se me olvide. Creo que fue el jueves de la semana pasada (sí, el jueves 5 de octubre). Llegué a mi casa después de haber vuelto de andar (que si no andase un poquito todos los días, mi constitución física se asemejaría a las de las mujeres de buen yantar y ya estaría arrebatada de grande para reventar...) y fui a ese lugar del hogar en el que te sientas a meditar (si estáis pensando en lo que estáis pensando, lo estáis pensando bien), a leer, a descargar tensiones, a estudiarte la composición química del champú y por sus ingredientes pensar en si es el que te conviene o no, ese lugar al que vas a limpiarte por fuera y sobretodo por dentro, concretando que fui a esto último (y no voy a dar más detalles... jijijijijiji...), dejando la puerta abierta sin temor a ser vista por nadie, pues estaba sola en casa en aquel momento. Corriendo y sin perder el tiempo, antes de entrar al "pensadero", encendí la luz de mi habitación y solté la mochila encima de la cama, dejando la luz encendida. Una vez sentada pensando en los males que afectan al orden mundial e intentando arreglar mentalmente el mundo, vi algo super inesperado (... ay ay ay ay...) que avanzaba con rapidez a mi habitación, y no me lo podía creer... Mirad si no me lo podía creer que me quedé atontada pensando en si lo que había visto era real o no. Y sí, por desgracia era real (lo era, lo era). No os vais a creer lo que vi (no no), no me lo creía ni yo.

   Había visto un rabo.

   Un rabo. Un rabo. Un rabo.

   No puede ser.
   Un rabo.
   No puede ser.
   ¿Cómo va a entrar un rabo en mi habitación así correteando por el suelo?
   ¿Qué es?
   ¿Una lagartija?
   ¡No jodas!
   ¡Una lagartija en mi habitación!
   ¡No jodas!

   No imagináis con qué velocidad salí del baño (creo que saltaron hasta chispas del roce de mis nalgas con la tapadera del váter). Si la luz viaja a una velocidad de 299 792 458 m/s, yo salí disparada a 299 792 460 m/s por lo menos (datos verídicos y sin exagerar, que yo no soy de exagerar... ... ...)

   "Ha pasado por debajo de la puerta", pensé corriendo (tenía el corazón que se me iba a salir por la boca del susto). Con sumo cuidado entré en mi habitación y cerré la puerta. Allí estaba ella o él, ello, eso con rabo que había interrumpido mi paz unos segundos antes. Me agaché a verla, a verlo, y vi que no era una lagartija. Tenía la cara más redondita, los dedos terminaban gordetes en las puntas. Una salamanquesa. No sabía qué hacer y me puse nerviosa.

   Una salamanquesa.
   No puede ser.
   Una salamanquesa.
   No puede ser.

   Matarla no la voy a matar, no lo voy a matar.
   Cogerla no la voy a coger, no lo voy a coger..
   Pues no sé qué voy a hacer con ella, con él.
   ¿La aspiro? ¿Lo aspiro? No, se me puede escapar mientras voy a por la aspiradora.
   Matarla queda descartado, matarlo queda descartado.
   ¿Qué hagoooooooooooooooooooooooooooooooooooooo?

   Ella sola, él solo empezó a trepar por una carpeta que tengo en el suelo detrás de la puerta (ahí tiqui tiqui tiqui tiqui con sus patitas), y tuvo la mala suerte de que esa carpeta se cayó (hizo PLONC). Me agaché esperando que saliera por algún lateral, pero no salió (pensando que si salía por alguno de los lados, del grito que iba a pegar me iban a escuchar hasta en China). Levanté la carpeta y allí estaba, en el suelo, patas arriba moviéndose un poco, creo que aturdida, aturdido (me dio penita). Cogí un papel y la arrastré, lo arrastré hasta el pasillo. La di la vuelta, le di la vuelta. Tenía los ojitos abiertos y abría y cerraba la boca. "Está viva, vivo"(suspiré de alivio). Cogí otro papel y, con ayuda del otro, la empujé hacia este primero y la subí (cuidado Inma, que no se te caiga). No quería matarla, matarlo. Me fui a la terraza y volqué el papel hacia el jardín, la dejé caer, le dejé caer. "Si se pone bien, saldrá corriendo", pensé. "Si empeora, será chicha para algún pajarraco o algún gato". Me queda el consuelo de que yo no la maté, no lo maté.

   Jamás pensé en matarla, matarlo, pero algo tenía que hacer para sacarla de mi casa, sacarlo, y estaba claro que con la mano no la iba a coger, no le iba a coger, así que con el aturdimiento del golpe salió de mi casa para no volver.

   Todavía hoy me pregunto por dónde entró y cuántos metros recorrió por mi casa hasta llegar a mi habitación. ¿Y por qué a la mía? Psssss.... Ni  idea....




(12/10/17)

martes, 25 de julio de 2017

Quizás, quizás, quizás


      Los coches tienen cinturones de seguridad para sujerarte en caso de accidente (ya sé que lo sabéis, pero no está de más recordarlo). Los autobuses tienen barras (o barrotes para quien los quiera llamar barrotes) para agarrarse y no caerse. Los trenes y metros también. Las puedes ver distribuidas por el techo a lo largo del vagón para que alces el brazo y te agarres; también algunas forman parte de los asientos y puedes asirlas (teniendo cuidado de no rozar ni un milímetro de la persona que lo ocupa, que lo notan y luego te miran raro) ; otras están situadas en los laterales de las puertas y las más chulas están colocadas verticales desde el techo hasta el suelo (que te agarras a esas y te dan ganas de marcarte un baile).

   Hay ocasiones en las que el tren va tan sumamente lleno de gente que no tienes espacio ni para sacar un brazo y agarrarte (como sardinas en lata). Y sí, os podéis imaginar qué me ha pasado y porqué digo lo de las barras (viendo mi historial en el blog, ya podéis intuir que no ha sido "na bueno").

   Pasa pocas veces, pero a veces pasa, que vayas en el tren y al frenar éste, alguien pierda el equilibrio ("cataplof", al suelo). La que perdió el equilibrio fui yo (¡lo habéis adivinado!). No tenía dónde agarrarme (que sí, que ya sé que hay barras, pero era imposible...), entonces coloqué los pies de modo y manera que no me caería en el caso de que éste frenara (postura inmininja: pies torcidos y alguna de las dos piertas semiflexionada en la que recae el peso del cuerpo para amortiguar la frenada (lo sé, yo tampoco sé lo que he dicho)).

   Recuerdo que estaba llegando a la estación de tren en Nuevos Ministerios. El tren iba muy lleno y me levanté de mi asiento porque estaba entrando en la estación (nunca me pongo de pie en el túnel). No podía agarrarme a ningún sitio, no había espacio físico para moverme. ¿Qué pasó? (música de misterio... chan chan chaaaaaaaaaaaaaaaaaan...) Que el tren antes de frenar dio como un tirón muy raro que no esperaba nadie, y yo perdí el control del equilibrio...

   - ¡Uy! ¡Perdón! - le dije a una chica mientras me caía y ésta intentaba lenvantarme.

   No pudo levantarme...

   -¡Uy, uy! ¡Perdón! ¡Perdón! - le dije a otro señor porque ya me estaba cayendo encima de él... y tampoco pudo levantarme pero sí sujetarme un poco... aunque no fue suficiente...

   -¡Uy, uy, uy! - no podía parar de repetirlo - ¡Perdón, perdón, perdón! - una tercera mujer ayudó finalmente a que no me cayera y pudieron levantarme.

   - ¡Perdón de nuevo! Y muchas gracias por sujetarme - les dije a todos finalmente, a lo que ellos me respondieron sonriéndome (o riéndose de mí... quién sabe...)

   ¡Qué apuro, por el amor de Thor! ¡Yo nunca me había visto en una de esas! ¡Tres personas sujetándome y que me caía... me caía...! Pero no me caí gracias a ellos tres, a la chica, al señor y a la mujer. ¡Gracias, gracias, gracias!

   Con un calor inmenso, las puertas se abrieron y pude bajarme del tren sin más incidentes. ¿Contaría la gente del tren que vieron a una chica súper guapa y súper buenorra cayéndose esa mañana en el tren?

Quizás, quizás. quizás... 




(25/07/17)




 

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