martes, 25 de julio de 2017

Quizás, quizás, quizás (26/07/17)


      Los coches tienen cinturones de seguridad para sujerarte en caso de accidente (ya sé que lo sabéis, pero no está de más recordarlo). Los autobuses tienen barras (o barrotes para quien los quiera llamar barrotes) para agarrarse y no caerse. Los trenes y metros también. Las puedes ver distribuidas por el techo a lo largo del vagón para que alces el brazo y te agarres; también algunas forman parte de los asientos y puedes asirlas (teniendo cuidado de no rozar ni un milímetro de la persona que lo ocupa, que lo notan y luego te miran raro) ; otras están situadas en los laterales de las puertas y las más chulas están colocadas verticales desde el techo hasta el suelo (que te agarras a esas y te dan ganas de marcarte un baile).

   Hay ocasiones en las que el tren va tan sumamente lleno de gente que no tienes espacio ni para sacar un brazo y agarrarte (como sardinas en lata). Y sí, os podéis imaginar qué me ha pasado y porqué digo lo de las barras (viendo mi historial en el blog, ya podéis intuir que no ha sido "na bueno").

   Pasa pocas veces, pero a veces pasa, que vayas en el tren y al frenar éste, alguien pierda el equilibrio ("cataplof", al suelo). La que perdió el equilibrio fui yo (¡lo habéis adivinado!). No tenía dónde agarrarme (que sí, que ya sé que hay barras, pero era imposible...), entonces coloqué los pies de modo y manera que no me caería en el caso de que éste frenara (postura inmininja: pies torcidos y alguna de las dos piertas semiflexionada en la que recae el peso del cuerpo para amortiguar la frenada (lo sé, yo tampoco sé lo que he dicho)).

   Recuerdo que estaba llegando a la estación de tren en Nuevos Ministerios. El tren iba muy lleno y me levanté de mi asiento porque estaba entrando en la estación (nunca me pongo de pie en el túnel). No podía agarrarme a ningún sitio, no había espacio físico para moverme. ¿Qué pasó? (música de misterio... chan chan chaaaaaaaaaaaaaaaaaan...) Que el tren antes de frenar dio como un tirón muy raro que no esperaba nadie, y yo perdí el control del equilibrio...

   - ¡Uy! ¡Perdón! - le dije a una chica mientras me caía y ésta intentaba lenvantarme.

   No pudo levantarme...

   -¡Uy, uy! ¡Perdón! ¡Perdón! - le dije a otro señor porque ya me estaba cayendo encima de él... y tampoco pudo levantarme pero sí sujetarme un poco... aunque no fue suficiente...

   -¡Uy, uy, uy! - no podía parar de repetirlo - ¡Perdón, perdón, perdón! - una tercera mujer ayudó finalmente a que no me cayera y pudieron levantarme.

   - ¡Perdón de nuevo! Y muchas gracias por sujetarme - les dije a todos finalmente, a lo que ellos me respondieron sonriéndome (o riéndose de mí... quién sabe...)

   ¡Qué apuro, por el amor de Thor! ¡Yo nunca me había visto en una de esas! ¡Tres personas sujetándome y que me caía... me caía...! Pero no me caí gracias a ellos tres, a la chica, al señor y a la mujer. ¡Gracias, gracias, gracias!

   Con un calor inmenso, las puertas se abrieron y pude bajarme del tren sin más incidentes. ¿Contaría la gente del tren que vieron a una chica súper guapa y súper buenorra cayéndose esa mañana en el tren?

Quizás, quizás. quizás...