domingo, 6 de noviembre de 2016

Viene el Apocalipsis y sólo me enteraría yo (06/11/16)


   Todo estaba sumido en la más absoluta oscuridad y en el más placentero silencio. Eran las 05:55h de la madrugada y todo el mundo dormía serenamente en sus habitaciones.

¡PLOF! ¡CHOF! ¡PROOOOOONGT!

   Escalofrío. Ojos abiertos. "¿Qué ha sido eso? No se levanta nadie. ¿Me levanto? Va, levántate". Te sientas en la cama (con un ojo 'pegao' y el otro medio abierto), te calzas las zapatillas y en la penumbra de tu habitación te diriges hacia la puerta. Abres. Sales al pasillo echando un vistazo a todos los sitios. "Por aquí no ha sido" (sin haber mirado 'ná de ná'). Recuerdas el ruido (¡PLOF! ¡CHOF! ¡PROOOOOONGT!). "En la habitación de al lado". Miras hacia tu izquierda, enciendes la luz y te encuentras a tu querida Carolina así...


... e inmediatamente miras hacia la estantaría. "¿Cómo ha podido caerse desde tan alto? Nunca antes se había caído. ¿Cómo es posible que no haya tirado el adorno que tenía delante de ella? ¡Tenía que haberse caído también! No es posible... ¿Se ha caído de lado? ¿Ha saltado por encima del otro objeto? ¿Qué ley física explicaría esto? ¡Ninguna!". Escalofrío. La recoges del suelo, le apañas el vestido, ves que su bolsito ha salido zumbando y está a unos centímetros de ella, y la tumbas en la cama de la habitación de al lado. "Ya la subiré por la mañana de vuelta a la estantería". Apagas la luz y vuelves a tu dormitorio. Cierras la puerta (sí, me gusta estar en la más absoluta de las penumbras), te quitas las zapatillas, echas un trago de agua y te vuelves a meter en la cama. A seguir durmiendo.

   A seguir durmiendo... Ojalá... A seguir durmiendo... Ya... La muñeca que te regalaron el día de tu comunión ha salido volando inexplicablemente y tú vas a seguir durmiendo... ¡Ja!... ¡Pues no es difícil ni ná!...

   No encuentras la postura, piensas en tu muñeca tumbada en la cama, y te la imaginas abriendo los ojos de repente, incorporándose en la cama y empezando a levitar camino de tu habitación. "No puede abrir la puerta", piensas, y te entra el miedo. Te tapas entera pensando que, si le da por entrar, no te va a encontrar, pero imaginas... "¿y si sí?", entonces empiezas a sudar y a sudar y tienes un calor que te quieres morir por estar tan tapada, pero ¡da igual! ¡si la muñeca entra no te va a encontrar ahí debajo del mogollón de sábanas!... Y pensando, razonando, meditando... te vuelves a quedar dormida.

   Te despiertas por la mañana y preguntas a los demás si se han enterado de algo. Nadie escuchó nada. "Viene el Apocalipsis y sólo me enteraría yo". Coges a la muñeca de la cama, le colocas el pelo, el bolso, el vestido, agarras la silla de ruedas del escritorio y te subes a ella para colocar a Carolina de nuevo en su sitio. "Como se mueva la silla me voy a pegar un hostión de órdago". La colocas tal y como estaba y ves, con asombro, que se sujeta perfectamente y de nuevo no entiendes qué pasó para que se cayera, y te pones a recapacitar "pues menos mal que no había nadie en esa habitación en ese momento, porque el susto hubiese sido bueno", que la habitación de al lado hay veces que está ocupada pero, afortunadamente, esta noche estaba vacía. 




Posdata: mi propia imaginación a veces me da miedo.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

El principio del Infierno (02/11/16)


   Tal día como hoy hace justamente un año empezó el principio del infierno. Anonadados os habréis quedado por lo que acabo de decir (la verdad es que ha quedado un poco tétrico), pero cierto es que el 2 de noviembre de 2015 comenzó una nueva etapa en mi vida, pero una etapa que sabía yo que no iba a ser buena, y os cuento cómo empezó todo (tomad asiento y poneos cómodos).

   Empezó abril de 2015 y mi cuerpo empezó a sufrir de una manera extraña. Yo hacía vida normal, comía lo de siempre (he de decir que suelo comer equilibradamente sin excesos, no como fritos ni alimentos rebozados, ni bollería industrial (joooo, con lo rica que está), aunque sí me doy el lujo de comer alguna vez patatas fritas (es que sería un pecado capital no comerlas)), bebía lo de siempre, entraba y salía como siempre lo había hecho... pero mi cuerpo había empezado a cambiar.

   De la noche a la mañana, las yemas de mis dedos comenzaron a pelarse (¿.....?). Era vergonzante y a la vez doloroso. Empezaron pelándose los dedos gordos y se fue extendiendo al resto de dedos de las manos. Tuve hasta cuatro capas de piel a la vez en un mismo dedo, y la última era extremadamente dolorosa. Me daba vergüenza que se me vieran las manos, no podía tocar cosas húmedas porque se reblandecían, me duchaba lo más rápido que podía para que las manos estuvieran el menor tiempo mojadas. Me echaba cremas hidratantes de aloe vera, nutritivas, e incluso vaselina para ver si poco a poco eso empezaba a estar como siempre. Pero no... Ese no fue el único problema.

   Con el problema de las yemas de los dedos vino un problema en el aparato digestivo (... uffffff... ) que no podéis imaginar lo mal que viví con ello. Desayunaba mi tostada con aceite de oliva virgen extra y mi vaso frío de leche desnatada cada mañana. A los veinte minutos de haber terminado de desayunar tenía que ir al baño (ya imagináis a qué iba... me parece que no hace falta entrar en tanto detalle porque iba a hacer lo que todos pensáis, c***r)), pero no terminaba ahí. Se me cerró el estómago, se me fue el apetito (pero tenía que comer), y a mediodía comía lo que podía de lo que había en el plato. Veinte minutos después tenía que volver al baño. Me pasaba las tardes enteras con fuertes aerofagias (que no salía propulsada de milagro)... Y llegaba la cena (que ya se convertía en un trauma tener que alimentarme). Cenaba lo que podía y como siempre, a los veinte minutos (clavados) tenía que ir al baño.

   ¿Os cuento cómo era lo que echaba cuando iba al baño? ("... que lo cuente, que lo cuente, que lo cuente..." estaréis pensando...) Mejor que no, pero ya os cuento que un aspecto normal no tenía (daba mucha impresión y mucho asquete).

   Con este episodio de dedos pelados y problemas gastrointestinales me pasé dos meses enteros, abril y mayo de 2015 (se me hizo más largo que un día sin pan). Asistí a la boda de unos familiares en abril y todo mi miedo estaba puesto en la cena, en si mi cuerpo aguantaría, si podría cenar algo, si tendría que salir corriendo al baño... Recuerdo que no cené todo lo que me pusieron pero mi cuerpo me respetó esa noche.

   Fui al médico, le enseñé mis dedos y le conté mi problema. Me hicieron análisis de sangre y una ecografía abdominal, y salió todo bien (excepto el nivel en sangre de leucocitos, que estaba un poco alto (y no soy médica, pero tengo entendido que eso es señal de que hay infección en algún sitio del organismo)). Poco a poco, mis dedos empezaron a normalizarse y mi cuerpo volvió a ser "el de siempre". Digo "el de siempre" porque tras este episodio bimensual de malestar, perdí peso, así que me recuperé pero terminé con unos pocos kilos menos (no hay mal que por bien no venga).

   Cuando ya pensaba que me había recuperado, apareció otro problema: una caída excesiva de pelo. Empecé a perder pelo en el mes de julio, sólo un mes y pico después de haberme curado. Pues bien, empecé a perder y a perder pelo de una manera escandalosa. Cada vez que me lavaba la cabeza eso parecía un infierno, tener que peinarme ya se estaba convirtiendo en un trauma por la cantidad de pelo que se me caía. Caminaba por la calle y mi melena rizada se veía transparente en la sombra. "Hasta aquí hemos llegado, esto no puede seguir así". ¿Qué podía hacer? ¿Cortándome el pelo se acabaría el problema? Ante la duda, fui a la peluquería. Me corté el pelo y me lo dejaron de largo a la altura de los hombros. Y se seguía cayendo y cayendo y cayendo...

   Volví al médico. Le conté el tiempo que llevaba con esa caída tan excesiva de pelo y me recomendó unas vitaminas, pero debía empezar a tomarlas cuando empezase a hacer frío (y seguíamos en verano... lo veía taaaaaaan lejano el frío...). Las compré y las guardé.

   Viendo que el corte de pelo no había servido de nada y que mi melenita seguía viéndose pobre, decidí cortarlo un poco más. Fui el 2 de noviembre a la peluquería y le conté a la peluquera qué tipo de corte quería, no quería cortes raros ni asimétricos, quería un corte de pelo cortito, que se me viera el cuello, pero que no me dejara sin rizos. Empezó a cortarme y me pidió que confiara en ella (no fue difícil hacerlo, pues me había puesto en sus manos muchísimas veces durante muchísimos años) y lo hice, pero el resultado no fue lo que yo esperaba: me hizo el corte de pelo que ella quiso, asimétrico, justo lo que yo no quería. "Está muy bonito" me dijo, y yo me vi en el espejo y pensé: "bonito ahora que está peinado de peluquería... ya veremos cuando me lo apañe yo...". Y por supuesto, llegó el momento de tener que apañármelo yo. ¿Qué pasó? Que no me veía, que parecía un champiñón, la princesa Leia de Star Wars, y empecé a sentir ansiedad. Llamé a la peluquera y le dije que por favor me arreglase eso, que no me veía con ese corte de pelo. Volví el día 6 a la peluquería (cuatro días después del corte "a lo champiñón") y me cortó el pelo... pero no podéis imaginar qué corte de pelo me hizo... me dejó como a Halle Berry en "007: Muere otro día". Sin rizos. Ese corte de pelo ya no tenía arreglo posible... Mis rizos...

   He dicho al principio que el 2 de noviembre empezó el principio del infierno. Podría haber empezado en abril, pero no, empezó el 2 de noviembre con el corte de pelo "a lo champiñón", porque cuatro días después me hicieron el peor de los cortes de pelo que he tenido. Porque, desde entonces, han sido unos meses muy malos, unos meses en los que me miraba en el espejo y no me reconocía, un tiempo que ha pasado tan despacio que pensaba que mi pelo no iba a crecer nunca. Todos me decían que estaba muy guapa y que parecía más joven, pero yo no estaba a gusto, ya que el corte de pelo que tenía no lo había elegido yo, sino la peluquera.

   Si algo he aprendido de esto, es que el pelo no deja de caerse ni sale más fuerte si lo cortas, porque el pelo no tiene terminaciones nerviosas y la raíz no se entera de si has cortado la punta o no.

   La caída de pelo se frenó, pero ya no sé si fue por las vitaminas o porque ya tocaba que dejara de caerse, que bastante había sufrido mi cuerpo ya.

   Consejo: tened siempre muy claro el corte de pelo que queráis haceros cuando vayáis a la peluquería, y no os lo cortéis pensando que va a salir más fuerte, mi propia experiencia no me ha afirmado esa creencia.